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viernes, 14 de febrero de 2014
SINÓPSIS
"Colores extrovertidos” narra la alocada historia de dos jóvenes amigas que intentan buscar su rincón particular.
En esta sociedad actual en la que ha crecido una generación que, involuntariamente, se encuentra en un estado eterno entre la adolescencia y la madurez, éstas dos chicas se introducen en un viaje de búsqueda de su propia identidad en el que, a pesar de las dificultades, intentan saborear cada momento con la máxima intensidad posible.
Lejos de experimentar el mundo que les rodea con pasividad y desidia, consiguen atrapar los colores más extrovertidos que el horizonte les ofrece. Una novela real, irónica, divertida y cercana; que busca la complicidad con el lector a través de los pequeños detalles y en la que sus personajes se van descubriendo poco a poco hasta que llegan a parecerte tan familiares que, en algunas ocasiones, sientes que les conoces.
En esta sociedad actual en la que ha crecido una generación que, involuntariamente, se encuentra en un estado eterno entre la adolescencia y la madurez, éstas dos chicas se introducen en un viaje de búsqueda de su propia identidad en el que, a pesar de las dificultades, intentan saborear cada momento con la máxima intensidad posible.
Lejos de experimentar el mundo que les rodea con pasividad y desidia, consiguen atrapar los colores más extrovertidos que el horizonte les ofrece. Una novela real, irónica, divertida y cercana; que busca la complicidad con el lector a través de los pequeños detalles y en la que sus personajes se van descubriendo poco a poco hasta que llegan a parecerte tan familiares que, en algunas ocasiones, sientes que les conoces.
Capítulo I : Me Largo!
Ya me estaba cansando ese rollo que se traía entre manos. Llevaba unas dos semanas intentando convencerme de que todo lo que quería hacer era una bobada. Riéndose a todas horas de mis ganas de hacer cualquier cosa, o de lo estúpido que sonaba mi plan de establecerme en otro lugar.
Mi idea era escapar, salir de ese encuadrado al que llamaban ciudad y yo llamaba cárcel. No me gustaba aquello, mi vida necesitaba un giro continuo, cosa que no sabía si era bueno o malo, ni cuánto podría durar ese entusiasmo por no quedarme quieta. Estaba decidida. Debía de nuevo partir.
A Sonia no le hacía gracia la idea, ya que era una terrible sociópata, que creía que todo aquel que se le acercara a menos de medio metro criticaría su forma de ser, su vestimenta, su actitud y le daría un buen puñetazo en la cara. No sé cómo a mí me aguantaba, siendo tan directa en muchas ocasiones, sin cortarme ni un pelo en todo aquello que me parece que hace mal. Siempre le he dado mi opinión y me he enfadado con ella millones de veces hasta que hiciese caso, porque creedme, hay veces que desquicia. Y con el tema de mi partida aún me desquiciaba más.
Sonia no soportaba la idea de mi partida. Después de mucho tiempo había conseguido, aun no sé cómo, engañarme para vivir con ella. La convivencia no era mala, podíamos soportarnos debido a que ella continuaba estudiando hasta conseguir una cátedra honorifica y yo me mataba a fregar platos y a poner buenas caras a toda esa multitud de guiris. A estos les sobraba la pasta y ya que venían a la ciudad yo los atraía al restaurante, que me pagaba una miseria, para poder sobrevivir.
La vida en la gran ciudad era un asco, los problemas se me acumulaban a la par que las facturas. Mis amigos, con los cuales había forjado una amistad insana, vivían cada uno en una punta del estado. Mis relaciones sentimentales no eran gran cosa hasta el momento y no pasaban de un triste aquí te pillo, aquí te mato. Y por si fuera poco, si era época de exámenes universitarios, ni siquiera mi compañera de piso se preocuparía por mi si me sucediera algo. Con este panorama al frente, mi idea de escapar ya no resultaba tan extraña. Salir de ese atasco de imposibilidades, de sueños de camino cortado. Un mundo hay ahí fuera que me espera, que por las noches me grita que acuda a él hasta que suena ese maldito despertador, y cuando me quiero dar cuenta ,ya vuelvo a estar con un plato sucio en una mano y mi gran manguera de disparo de agua jabonosa a chorro en la otra.
Sonia acababa de volver de la biblioteca y yo del trabajo. Me encontró en la puerta de la calle mientras buscaba mis llaves para poder entrar.
- ¿No estarás otra vez sin llaves verdad?
-Yo.., no. Deben de estar por aquí en el bolso.
-Seguro que te las has dejado en casa al salir, como de costumbre, trae ya abro yo. -Sacó su manojo de llaves con miles de llaveros de cada ciudad que había visitado-. Si es que… te lo dejas todo menos el tabaco hija.
- Mira Sonia guapa, cállate un rato que no estoy para sermones.
- Bueno si no te he dicho nada, solo que te acuerdes que cualquier día te quedaras en la calle cuando este yo por el pueblo.
- Tú tranquila, si para cuatro días que me quedan no creo que me las deje mucho más.
- ¿Sigues aun con tu desesperado plan para huir?
- En ningún momento lo he dejado de lado.
- Es que como hace varios días que no me dices nada sobre eso pensé que habrías cambiado de opinión. Que no me extrañaría porque tienes una de pajaritos en la mollera…
- Pero a ver, que yo no te comente cada cinco minutos lo que tengo en mente como haces tú no significa que ya no lo haga. El otro día te lo dije bien clarito que cuando lo decida me iré sin más.
- ¿Y ya tienes destino?
- ¿Y ahora te importa eso?
- A ver, lo dices como si jamás te preguntara o no me interesara por tus cosas…
Deje de banda ese comentario y subí las escaleras hasta la puerta de casa, entré y me saqué la ropa para ducharme. Estaba cansada, no sabía si me dolía más la cabeza o las piernas de estar de pie. Encima tener que aguantar a Sonia haciéndose la buena. Siempre me hace igual, cuando le ve las orejas al lobo se vuelve comprensiva. Ya estaba cansada de ese rollo. La quería pero me sacaba de mis casillas. Necesitaba despegarme de ella unos días. Apenas notaba el agua hirviendo resbalando por mi piel, empezaba a costarme respirar con tanto vapor de agua. Deje la mente en blanco y metí la cabeza debajo del agua, me sentí como si buceara cuando el agua entró en mis orejas. Estaba aislada y tranquila. Eso es lo que buscaba, tranquilidad y paz.
**********
Ahí estaba de nuevo Ana. Venía hacia mí con esa puta sonrisa que me enerve. Creo que lo hace a posta porque no la soporto y eso le hace más feliz. Ana era la desgraciada mujer de mi jefe. Se creía que un jodido anillo de matrimonio le traspasaba milagrosamente todos los conocimientos sobre hostelería de su marido cuando ella ni siquiera sabía lo que era un taburete. Era verla y empezar a elevarse mis niveles de furia, ya que me tenía que aguantar y poner mis buenas caras hasta que muy orgullosa ella se diese la vuelta habiendo cumplido su función de tocarme las pelotas.
-a ver cariño, cielo. ¿Qué tal si vamos preparando la sala? Van a ser las doce y todavía sigues ordenando la barra.
- Ahora me pongo Ana, eso normalmente siempre lo empezamos a colocar a las doce y media y como aún faltaba un poco estaba repasando las copas. – puta -.
-Ya pero ahora lo vamos a hacer antes. Creo que así ganaremos tiempo de comidas y sacaremos mayor beneficio. Ponte un poquito las pilas y déjate de repasar copas que ya están limpias, se supone las limpiaste ayer al acabar el servicio…
- Sí pero cogen un poco de polvo y de este modo relucen más – o lo mismo relucían más estampadas en su frente, la cosa sería probarlo- Ahora pongo ya el comedor no te preocupes.
-Para eso estoy aquí, para preocuparme porque las cosas bien hechas no ocurren por si solas.
- Claro, gracias por avisarme. – Menuda zorra, se achaca el mérito por decirlo. No soporto ese tono de arrogante con su acento de gente adinerada cuando hasta hace cuatro días era una come bolsas de mierda -.
Se fue recorriendo el salón buscando con su índice cualquier mota de polvo que encontrara en alguna mesa para después meterme ese dedo en el ojo para que lo viese. No la aguantaba, ni a ella ni a su melena al viento. Me daban ganas de colgarme como un mono araña de ese pelo hasta dejarla calva. Al rescate de la maldita furcia, venia mi jefe, Alberto. Aunque todos le llamaban Al, supongo que para darle un toque de emoción a su vida después de haberse casado con tal arpía.
- ¿Que ha sido esta vez? – me preguntó para ver si me cambiaba la cara.-
- Nada, que pusiera las mesas antes para que pudiéramos servir a más gente. Ideas de un privilegiado. Supongo que a mí se me ha pasado esa manera de hacer dinero, no soy chica de negocios, aunque si la comida sale hacia la una, supongo que tampoco cambiará mucho la cosa si la gente no tiene nada que comer.
- No te metas con ella, solo quiere caerte bien y ver que se preocupa por sus empleados como hago yo.
- ¿Te intentas convencer a ti mismo?
- Eso creo. – Empezamos a reír como si no hubiese un mañana. – va déjala, es que todo esto es nuevo para ella, pero no es así siempre.
Me tenía loca. Por si no se notaba era la típica persona que me cegaba, embaucaba, hipnotizaba mi pensamiento y me volvía agradable. Aparte de pensar que estaba con esa putita, había ciertos momentos en los que creía que me tiraba la caña pero no quería dejarme engañar. Eso no pasaría. Estaba cansada de tenerlo delante y ver como desperdiciaba su vida con esa, aunque no es que yo fuese un gran partido porque aparte de problemas, mi vida no resultaba nada interesante. Supongo que será mejor que estuviese con la tiparraca sabelotodo que conmigo. Al tenerlo delante, me decidí a socavar un poco y saber lo que realmente veía en mí.
- ¿Oye, crees que yo valgo?
- ¿Cómo?
- ¿Qué si crees que soy buena, que valgo como persona?
- ¿A qué viene eso?
- No sé, tú dime. – quería poder sonsacarle algo de lo que pensara sobre mí. Había tomado una decisión. Depende de lo que dijese saldría de allí sin mi ropa de trabajo para siempre.
- Es que no sé a qué te refieres. Para mi eres una chica muy especial, trabajas bien, tienes cuidado de mis clientes, aguantas mejor que nadie las ideas de mi mujer. Para mí eres de gran valor.
- ¿Y nada más?- sonaba un poco una flipada, pero sino salía lo que quería escuchar para que seguir- ¿Solo eso?
- Bueno, la verdad es que hay veces que te miro diferente. Eres muy guapa y eso no se puede evitar. Pero jamás he pensado otra cosa que no fuese una relación de jefe a empleada contigo. Supongo que querías ir por ahí…
- Sí, esa era la idea. - Y realmente no era esa la respuesta que yo quería esperar, pero si la más evidente-. Yo hace tiempo que pienso en hacer un cambio y mi vida ya es bastante complicada como para tener también que aguantar cosas que no soporto, como tus miraditas de jefe a empleada, sin menospreciar que tu mujer anda siempre cerca. Ya somos grandecitos y esto no lo aguanto. ¡Me voy!
- ¿Cómo que te vas?
- Que sí, que me largo. Necesito irme y ya lo tenía pensado hace meses. ¿O acaso no has visto mi cara al entrar a trabajar últimamente? Esto no es vida para mí. Y por una vez pensare en mí aunque parezca egoísta. Un placer trabajar contigo, Al…
Salí del restaurante escopeteada, corriendo y al rato tosiendo, de tanto fumar. Era libre. Mi decisión ya la tenía, era el momento y me dirigía a casa feliz como si me hubiese tocado la lotería hasta que se me cruzaron los cables de nuevo. Pensé. Reflexioné. Me lie un cigarro y me senté en un banco. ¿Era libre para ir a dónde? La idea la tenía bien clara, pero la localización fallaba. Al final tendría razón la entrometida de Sonia, ¿A dónde me dirijo? Me lie otro cigarro, el primero apenas me duró treinta segundos. Estaba agobiada, la pierna me rebotaba y temblaba contra el suelo. Mi mirada fija revelaba a cualquiera que pasara mi estado de incertidumbre. Ya tenía mi gran idea y era libre de cualquier excusa que me echase mi plan hacia atrás, excepto que si me iba muy lejos no podía permitírmelo por la falta de recursos, o lo que es lo mismo, por dinero. Y cerca no quería quedarme, ya que los destinos cercanos no me apetecían. Quería un lugar de costumbres diferentes, maneras de actuar distintas, donde pudiese alcanzar mi calidad de vida deseada, que no era mucha, simplemente era sentirme bien. Empezar a ver mi vida de otra manera, con la virtud de poder apreciar colores extrovertidos. No sabía muy bien lo que eso significaba, pero en mi mente esas dos últimas palabras creaban un espacio mental en el cual no podía estar mejor.
El sueño duró más bien poco cuando regresé al suelo y deje de volar. Al mirar mi cuenta corriente mis sueños se derrumbaban, el tabaco empezó a escasear y mi mente empezaba a estar cansada de nuevo.
A todo esto, en el borde de mi desesperación, recibí un mensaje de texto de Sonia. No se le daba muy bien eso de acortar palabras en los mensajes, tenía un sistema extraño en el cual el mensaje podía significar cualquier cosa y nunca se entendía lo que quería decir. Estaba harta de decirle que se pusiera una tarifa para poder llamar, pero la pobre tenía una loca obsesión con vivir con su límite de veinte euros mensuales para gastos, y una tarifa telefónica se le salía de sus cálculos. El texto decía algo así a mí entender: “ tía, tía, tía. Notición. Te acuerdas la herencia? Pues al final sí.”. Eso fue todo. Mi cara con gesto de no entender una mierda se quedó clavada durante las tres veces que descifré su mensaje para intentar aclararlo un poco más, pero creo que aquello era lo que me quería decir. Sin más, fui camino de casa. Ya sabía lo que me esperaba esa noche, historias para no dormir, habladurías de herencias familiares y cosas por el estilo. Al menos siempre que tenía noticias me preparaba la cena y algún que otro piti me soltaba, y realmente para mi aquello ya era una buena motivación para llegar a casa. Después me tiraría a dormir e intentaría cuadrad de nuevos mis planes.
Llegué y me senté en la mesa, cabizbaja, esperando a que Sonia dejase toda su indumentaria en la habitación y saliera hacia el salón. Nuestro salón era bastante sórdido, apenas entraba luz, la mesa era de la época de los fenicios y no sé cómo podía aun sostenerse y para rematar, no había televisor ni sitio donde poder enchufarlo. Eso era lo de menos, ya que si quería ver algo preferí hacerlo en mi cuarto a solas. Teníamos un pequeño sillón pero yo jamás me sentaba allí. Era propiedad exclusiva de Sonia, a la cual le encantaba tirarse como si se lo fuese a quitar y poder leer sus novelas de misterio juvenil con tinte romántico. La mayoría de veces se quedaba frita a los veinte minutos de haber empezado a leer, así que le duraba un libro tres meses.
Ya se acercaba, se escuchaba sus andares por el pasillo, con esas zapatillas de garras de oso pardo que no de dónde había sacado, pero eran horribles. Se había colocado su pijama, su bata color verde, y un coletero para que su larga melena negra no le tapara la cara. Venía nerviosa, con ganas de soltarme un notición, aunque en otras ocasiones ya me había mostrado estos síntomas a causa de que le regalaran un libro por comprarse otro, una oferta inesperada de jamón york en el supermercado o por el descubrimiento de algún bar con tapas generosas. Sí que es verdad que esta vez estaba como más emocionada de lo habitual.
-Emma tía, esta vez sí.
-¿Esta vez sí? Que bien, me alegro, ¿pero de que me hablas?
- Joder Emma, ¿no te acuerdas de lo que te comenté de la herencia? – Realmente muchas de las conversaciones duraban unas tres horas y mi mente solo era capaz de recordar los quince primeros minutos de toda la charla que en ocasiones me daba sobre su multitud de problemas, que a mi parecer tampoco eran tan graves, pero a ella le encantaba regocijarse en que su vida era un completo desastre. – lo que te comenté sobre que teníamos una tía abuela en Comillas que se había casado con un hombre que hizo fortuna vendiendo anchoas que traía de Chile y luego decía que eran cantábricas. ¿No te acuerdas?
- Algo me quiere de sonar, pero no acabo de… - Era la frase con la que recurría cuando no estaba pillando, todo lo que decía era nuevo para mí. Algo me sonaba claro está pero no ataba yo muchos cabos.
- Bueno es igual, pues esa se murió, y mucho antes su marido, con el cual no había tenido hijos, y mi madre es la única heredera de su pequeño imperio. La única por parte de mi madre, porque el tío también tenía una sobrina que estaba a la espera de que mi tía abuela la palmara para pillar su cacho del pastel.
- ¿Y tus grandes ilusiones a que se deben? Todo será para tu madre y para esa señora, a no ser que tu madre te de algo.
- Pues aún no sé bien lo que le puede tocar pero por lo que me ha dicho hay mucha pasta de por medio y mi madre sin saber cuánto es, me ha dicho que mientras le llegue para hacer sus pequeñas obras de casa tiene suficiente y que el resto me lo dará para que pueda seguir estudiando.
-Anda que bien.- Lo que le faltaba, más motivaciones para continuar su carrera como estudiante de por vida. A falta de becas buenas son herencias.- Bueno pues me alegro por ti, cuando sepas lo que te tu madre te suelta, ya te pagaras una ronda espero.
- Creo que aún no lo has pillado. Solo la casa donde vivían puede valer un millón de euros. Eso divídelo en dos partes y réstale lo de las obras de mi casa. ¡Me queda un pastón!
- Que dices, primero a ver cómo van las cosas, deja de imaginarte que vas a limpiarte el culo con billetes de veinte. Cuando sepas seguro lo que te va a tocar alégrate, antes yo no lo haría.
En ese momento su sonrisa implacable se empezó a deshinchar, mientras que descargaba su inquietud de no saber lo que le deparaba el futuro a través de su cigarro, dejando caer la ceniza en cualquier lugar excepto en el cenicero.
- No te ralles Sonia, solo quería bajarte de las nubes un poco por si la caída luego era dura. Pero bueno, por poco que sea ya te ira bien. Ojalá yo tuviese familiares con pasta apunto de palmarla, tendría mi vida resuelta con un par de funerales. Y sería libre de poder salir de aquí.
- ¿Oye sabes qué? – Su sonrisa se volvió a iluminar de nuevo, cosa que me daba un poco de repelús, a saber lo que se le pasaba por la mente.- Tú siempre has sido muy buena conmigo y me has aguantado mucho más que Anabella, que se suponía que era mi mejor amiga pero al final solo quería adueñarse de todas mis pertenencias. Sí no te parece mala idea, yo termino mi tercera carrera de aquí un mes, y mi intención era hacerme un doctorado o dos, nunca se sabe, pero si la suma que me per toca es lo bastante generosa…
- ¿Qué? – creo que iba a escuchar algo que no me haría mucha gracia -
- Podríamos escapar juntas de esta puta cárcel que dices tú siempre. A mí me hará mucha ilusión poder ver otra ciudad y realmente, ¿creo que somos buenas amigas no crees? Podríamos irnos las dos.
En mi mente no cabía al opción, la idea del escape era mía, salir de allí, encontrar nuevas metas, nueva gente, abrir mi mundo al mundo, empezar a vivir. En eso mundo Sonia no estaba.
- Bueno, sería buena idea – diciéndolo por compromiso, ya que seguramente esa herencia jamás llegaría a pasar de los cien euros.- cuando sepas lo que te dan lo podemos hablar.
- ¡Claro!, es una idea maravillosa. Voy a hacer una lista de mis posibles destinos, aunque con la de idiomas que sabemos a ver dónde vamos.
- Tu tranquila que para eso siempre le he echado yo mucho morro y no hay problema.- Le quité hierro al asunto haciéndome la integrada en su mundo de fantasía e ilusión que no duraría más allá del testamento. Tú ves haciendo la lista y lo pensamos.
- Ya la tenía medio echa, te la quería dar a ti para ayudarte con tu gran fuga de Alcatraz, pero ahora que voy yo añadiré más destinos posibles.
- Que bien. – La ironía salía disparada de mi boca como balas de fogueo para ella. No pillaba ni una, pero ya me iba bien.
Todo el mundo se iba contento a dormir, excepto yo, que sin saber qué hacer con mi vida durante las próximas horas divagaba entre un mar lleno de posibilidades, exactamente dos: buscarme otro empleo aquí y dispersar mis ataques de histeria por querer marcharme hasta tener algo más de dinero a mi disposición o empezar a buscar mi destino en otro lugar ya.
Mi idea era escapar, salir de ese encuadrado al que llamaban ciudad y yo llamaba cárcel. No me gustaba aquello, mi vida necesitaba un giro continuo, cosa que no sabía si era bueno o malo, ni cuánto podría durar ese entusiasmo por no quedarme quieta. Estaba decidida. Debía de nuevo partir.
A Sonia no le hacía gracia la idea, ya que era una terrible sociópata, que creía que todo aquel que se le acercara a menos de medio metro criticaría su forma de ser, su vestimenta, su actitud y le daría un buen puñetazo en la cara. No sé cómo a mí me aguantaba, siendo tan directa en muchas ocasiones, sin cortarme ni un pelo en todo aquello que me parece que hace mal. Siempre le he dado mi opinión y me he enfadado con ella millones de veces hasta que hiciese caso, porque creedme, hay veces que desquicia. Y con el tema de mi partida aún me desquiciaba más.
Sonia no soportaba la idea de mi partida. Después de mucho tiempo había conseguido, aun no sé cómo, engañarme para vivir con ella. La convivencia no era mala, podíamos soportarnos debido a que ella continuaba estudiando hasta conseguir una cátedra honorifica y yo me mataba a fregar platos y a poner buenas caras a toda esa multitud de guiris. A estos les sobraba la pasta y ya que venían a la ciudad yo los atraía al restaurante, que me pagaba una miseria, para poder sobrevivir.
La vida en la gran ciudad era un asco, los problemas se me acumulaban a la par que las facturas. Mis amigos, con los cuales había forjado una amistad insana, vivían cada uno en una punta del estado. Mis relaciones sentimentales no eran gran cosa hasta el momento y no pasaban de un triste aquí te pillo, aquí te mato. Y por si fuera poco, si era época de exámenes universitarios, ni siquiera mi compañera de piso se preocuparía por mi si me sucediera algo. Con este panorama al frente, mi idea de escapar ya no resultaba tan extraña. Salir de ese atasco de imposibilidades, de sueños de camino cortado. Un mundo hay ahí fuera que me espera, que por las noches me grita que acuda a él hasta que suena ese maldito despertador, y cuando me quiero dar cuenta ,ya vuelvo a estar con un plato sucio en una mano y mi gran manguera de disparo de agua jabonosa a chorro en la otra.
Sonia acababa de volver de la biblioteca y yo del trabajo. Me encontró en la puerta de la calle mientras buscaba mis llaves para poder entrar.
- ¿No estarás otra vez sin llaves verdad?
-Yo.., no. Deben de estar por aquí en el bolso.
-Seguro que te las has dejado en casa al salir, como de costumbre, trae ya abro yo. -Sacó su manojo de llaves con miles de llaveros de cada ciudad que había visitado-. Si es que… te lo dejas todo menos el tabaco hija.
- Mira Sonia guapa, cállate un rato que no estoy para sermones.
- Bueno si no te he dicho nada, solo que te acuerdes que cualquier día te quedaras en la calle cuando este yo por el pueblo.
- Tú tranquila, si para cuatro días que me quedan no creo que me las deje mucho más.
- ¿Sigues aun con tu desesperado plan para huir?
- En ningún momento lo he dejado de lado.
- Es que como hace varios días que no me dices nada sobre eso pensé que habrías cambiado de opinión. Que no me extrañaría porque tienes una de pajaritos en la mollera…
- Pero a ver, que yo no te comente cada cinco minutos lo que tengo en mente como haces tú no significa que ya no lo haga. El otro día te lo dije bien clarito que cuando lo decida me iré sin más.
- ¿Y ya tienes destino?
- ¿Y ahora te importa eso?
- A ver, lo dices como si jamás te preguntara o no me interesara por tus cosas…
Deje de banda ese comentario y subí las escaleras hasta la puerta de casa, entré y me saqué la ropa para ducharme. Estaba cansada, no sabía si me dolía más la cabeza o las piernas de estar de pie. Encima tener que aguantar a Sonia haciéndose la buena. Siempre me hace igual, cuando le ve las orejas al lobo se vuelve comprensiva. Ya estaba cansada de ese rollo. La quería pero me sacaba de mis casillas. Necesitaba despegarme de ella unos días. Apenas notaba el agua hirviendo resbalando por mi piel, empezaba a costarme respirar con tanto vapor de agua. Deje la mente en blanco y metí la cabeza debajo del agua, me sentí como si buceara cuando el agua entró en mis orejas. Estaba aislada y tranquila. Eso es lo que buscaba, tranquilidad y paz.
**********
Ahí estaba de nuevo Ana. Venía hacia mí con esa puta sonrisa que me enerve. Creo que lo hace a posta porque no la soporto y eso le hace más feliz. Ana era la desgraciada mujer de mi jefe. Se creía que un jodido anillo de matrimonio le traspasaba milagrosamente todos los conocimientos sobre hostelería de su marido cuando ella ni siquiera sabía lo que era un taburete. Era verla y empezar a elevarse mis niveles de furia, ya que me tenía que aguantar y poner mis buenas caras hasta que muy orgullosa ella se diese la vuelta habiendo cumplido su función de tocarme las pelotas.
-a ver cariño, cielo. ¿Qué tal si vamos preparando la sala? Van a ser las doce y todavía sigues ordenando la barra.
- Ahora me pongo Ana, eso normalmente siempre lo empezamos a colocar a las doce y media y como aún faltaba un poco estaba repasando las copas. – puta -.
-Ya pero ahora lo vamos a hacer antes. Creo que así ganaremos tiempo de comidas y sacaremos mayor beneficio. Ponte un poquito las pilas y déjate de repasar copas que ya están limpias, se supone las limpiaste ayer al acabar el servicio…
- Sí pero cogen un poco de polvo y de este modo relucen más – o lo mismo relucían más estampadas en su frente, la cosa sería probarlo- Ahora pongo ya el comedor no te preocupes.
-Para eso estoy aquí, para preocuparme porque las cosas bien hechas no ocurren por si solas.
- Claro, gracias por avisarme. – Menuda zorra, se achaca el mérito por decirlo. No soporto ese tono de arrogante con su acento de gente adinerada cuando hasta hace cuatro días era una come bolsas de mierda -.
Se fue recorriendo el salón buscando con su índice cualquier mota de polvo que encontrara en alguna mesa para después meterme ese dedo en el ojo para que lo viese. No la aguantaba, ni a ella ni a su melena al viento. Me daban ganas de colgarme como un mono araña de ese pelo hasta dejarla calva. Al rescate de la maldita furcia, venia mi jefe, Alberto. Aunque todos le llamaban Al, supongo que para darle un toque de emoción a su vida después de haberse casado con tal arpía.
- ¿Que ha sido esta vez? – me preguntó para ver si me cambiaba la cara.-
- Nada, que pusiera las mesas antes para que pudiéramos servir a más gente. Ideas de un privilegiado. Supongo que a mí se me ha pasado esa manera de hacer dinero, no soy chica de negocios, aunque si la comida sale hacia la una, supongo que tampoco cambiará mucho la cosa si la gente no tiene nada que comer.
- No te metas con ella, solo quiere caerte bien y ver que se preocupa por sus empleados como hago yo.
- ¿Te intentas convencer a ti mismo?
- Eso creo. – Empezamos a reír como si no hubiese un mañana. – va déjala, es que todo esto es nuevo para ella, pero no es así siempre.
Me tenía loca. Por si no se notaba era la típica persona que me cegaba, embaucaba, hipnotizaba mi pensamiento y me volvía agradable. Aparte de pensar que estaba con esa putita, había ciertos momentos en los que creía que me tiraba la caña pero no quería dejarme engañar. Eso no pasaría. Estaba cansada de tenerlo delante y ver como desperdiciaba su vida con esa, aunque no es que yo fuese un gran partido porque aparte de problemas, mi vida no resultaba nada interesante. Supongo que será mejor que estuviese con la tiparraca sabelotodo que conmigo. Al tenerlo delante, me decidí a socavar un poco y saber lo que realmente veía en mí.
- ¿Oye, crees que yo valgo?
- ¿Cómo?
- ¿Qué si crees que soy buena, que valgo como persona?
- ¿A qué viene eso?
- No sé, tú dime. – quería poder sonsacarle algo de lo que pensara sobre mí. Había tomado una decisión. Depende de lo que dijese saldría de allí sin mi ropa de trabajo para siempre.
- Es que no sé a qué te refieres. Para mi eres una chica muy especial, trabajas bien, tienes cuidado de mis clientes, aguantas mejor que nadie las ideas de mi mujer. Para mí eres de gran valor.
- ¿Y nada más?- sonaba un poco una flipada, pero sino salía lo que quería escuchar para que seguir- ¿Solo eso?
- Bueno, la verdad es que hay veces que te miro diferente. Eres muy guapa y eso no se puede evitar. Pero jamás he pensado otra cosa que no fuese una relación de jefe a empleada contigo. Supongo que querías ir por ahí…
- Sí, esa era la idea. - Y realmente no era esa la respuesta que yo quería esperar, pero si la más evidente-. Yo hace tiempo que pienso en hacer un cambio y mi vida ya es bastante complicada como para tener también que aguantar cosas que no soporto, como tus miraditas de jefe a empleada, sin menospreciar que tu mujer anda siempre cerca. Ya somos grandecitos y esto no lo aguanto. ¡Me voy!
- ¿Cómo que te vas?
- Que sí, que me largo. Necesito irme y ya lo tenía pensado hace meses. ¿O acaso no has visto mi cara al entrar a trabajar últimamente? Esto no es vida para mí. Y por una vez pensare en mí aunque parezca egoísta. Un placer trabajar contigo, Al…
Salí del restaurante escopeteada, corriendo y al rato tosiendo, de tanto fumar. Era libre. Mi decisión ya la tenía, era el momento y me dirigía a casa feliz como si me hubiese tocado la lotería hasta que se me cruzaron los cables de nuevo. Pensé. Reflexioné. Me lie un cigarro y me senté en un banco. ¿Era libre para ir a dónde? La idea la tenía bien clara, pero la localización fallaba. Al final tendría razón la entrometida de Sonia, ¿A dónde me dirijo? Me lie otro cigarro, el primero apenas me duró treinta segundos. Estaba agobiada, la pierna me rebotaba y temblaba contra el suelo. Mi mirada fija revelaba a cualquiera que pasara mi estado de incertidumbre. Ya tenía mi gran idea y era libre de cualquier excusa que me echase mi plan hacia atrás, excepto que si me iba muy lejos no podía permitírmelo por la falta de recursos, o lo que es lo mismo, por dinero. Y cerca no quería quedarme, ya que los destinos cercanos no me apetecían. Quería un lugar de costumbres diferentes, maneras de actuar distintas, donde pudiese alcanzar mi calidad de vida deseada, que no era mucha, simplemente era sentirme bien. Empezar a ver mi vida de otra manera, con la virtud de poder apreciar colores extrovertidos. No sabía muy bien lo que eso significaba, pero en mi mente esas dos últimas palabras creaban un espacio mental en el cual no podía estar mejor.
El sueño duró más bien poco cuando regresé al suelo y deje de volar. Al mirar mi cuenta corriente mis sueños se derrumbaban, el tabaco empezó a escasear y mi mente empezaba a estar cansada de nuevo.
A todo esto, en el borde de mi desesperación, recibí un mensaje de texto de Sonia. No se le daba muy bien eso de acortar palabras en los mensajes, tenía un sistema extraño en el cual el mensaje podía significar cualquier cosa y nunca se entendía lo que quería decir. Estaba harta de decirle que se pusiera una tarifa para poder llamar, pero la pobre tenía una loca obsesión con vivir con su límite de veinte euros mensuales para gastos, y una tarifa telefónica se le salía de sus cálculos. El texto decía algo así a mí entender: “ tía, tía, tía. Notición. Te acuerdas la herencia? Pues al final sí.”. Eso fue todo. Mi cara con gesto de no entender una mierda se quedó clavada durante las tres veces que descifré su mensaje para intentar aclararlo un poco más, pero creo que aquello era lo que me quería decir. Sin más, fui camino de casa. Ya sabía lo que me esperaba esa noche, historias para no dormir, habladurías de herencias familiares y cosas por el estilo. Al menos siempre que tenía noticias me preparaba la cena y algún que otro piti me soltaba, y realmente para mi aquello ya era una buena motivación para llegar a casa. Después me tiraría a dormir e intentaría cuadrad de nuevos mis planes.
Llegué y me senté en la mesa, cabizbaja, esperando a que Sonia dejase toda su indumentaria en la habitación y saliera hacia el salón. Nuestro salón era bastante sórdido, apenas entraba luz, la mesa era de la época de los fenicios y no sé cómo podía aun sostenerse y para rematar, no había televisor ni sitio donde poder enchufarlo. Eso era lo de menos, ya que si quería ver algo preferí hacerlo en mi cuarto a solas. Teníamos un pequeño sillón pero yo jamás me sentaba allí. Era propiedad exclusiva de Sonia, a la cual le encantaba tirarse como si se lo fuese a quitar y poder leer sus novelas de misterio juvenil con tinte romántico. La mayoría de veces se quedaba frita a los veinte minutos de haber empezado a leer, así que le duraba un libro tres meses.
Ya se acercaba, se escuchaba sus andares por el pasillo, con esas zapatillas de garras de oso pardo que no de dónde había sacado, pero eran horribles. Se había colocado su pijama, su bata color verde, y un coletero para que su larga melena negra no le tapara la cara. Venía nerviosa, con ganas de soltarme un notición, aunque en otras ocasiones ya me había mostrado estos síntomas a causa de que le regalaran un libro por comprarse otro, una oferta inesperada de jamón york en el supermercado o por el descubrimiento de algún bar con tapas generosas. Sí que es verdad que esta vez estaba como más emocionada de lo habitual.
-Emma tía, esta vez sí.
-¿Esta vez sí? Que bien, me alegro, ¿pero de que me hablas?
- Joder Emma, ¿no te acuerdas de lo que te comenté de la herencia? – Realmente muchas de las conversaciones duraban unas tres horas y mi mente solo era capaz de recordar los quince primeros minutos de toda la charla que en ocasiones me daba sobre su multitud de problemas, que a mi parecer tampoco eran tan graves, pero a ella le encantaba regocijarse en que su vida era un completo desastre. – lo que te comenté sobre que teníamos una tía abuela en Comillas que se había casado con un hombre que hizo fortuna vendiendo anchoas que traía de Chile y luego decía que eran cantábricas. ¿No te acuerdas?
- Algo me quiere de sonar, pero no acabo de… - Era la frase con la que recurría cuando no estaba pillando, todo lo que decía era nuevo para mí. Algo me sonaba claro está pero no ataba yo muchos cabos.
- Bueno es igual, pues esa se murió, y mucho antes su marido, con el cual no había tenido hijos, y mi madre es la única heredera de su pequeño imperio. La única por parte de mi madre, porque el tío también tenía una sobrina que estaba a la espera de que mi tía abuela la palmara para pillar su cacho del pastel.
- ¿Y tus grandes ilusiones a que se deben? Todo será para tu madre y para esa señora, a no ser que tu madre te de algo.
- Pues aún no sé bien lo que le puede tocar pero por lo que me ha dicho hay mucha pasta de por medio y mi madre sin saber cuánto es, me ha dicho que mientras le llegue para hacer sus pequeñas obras de casa tiene suficiente y que el resto me lo dará para que pueda seguir estudiando.
-Anda que bien.- Lo que le faltaba, más motivaciones para continuar su carrera como estudiante de por vida. A falta de becas buenas son herencias.- Bueno pues me alegro por ti, cuando sepas lo que te tu madre te suelta, ya te pagaras una ronda espero.
- Creo que aún no lo has pillado. Solo la casa donde vivían puede valer un millón de euros. Eso divídelo en dos partes y réstale lo de las obras de mi casa. ¡Me queda un pastón!
- Que dices, primero a ver cómo van las cosas, deja de imaginarte que vas a limpiarte el culo con billetes de veinte. Cuando sepas seguro lo que te va a tocar alégrate, antes yo no lo haría.
En ese momento su sonrisa implacable se empezó a deshinchar, mientras que descargaba su inquietud de no saber lo que le deparaba el futuro a través de su cigarro, dejando caer la ceniza en cualquier lugar excepto en el cenicero.
- No te ralles Sonia, solo quería bajarte de las nubes un poco por si la caída luego era dura. Pero bueno, por poco que sea ya te ira bien. Ojalá yo tuviese familiares con pasta apunto de palmarla, tendría mi vida resuelta con un par de funerales. Y sería libre de poder salir de aquí.
- ¿Oye sabes qué? – Su sonrisa se volvió a iluminar de nuevo, cosa que me daba un poco de repelús, a saber lo que se le pasaba por la mente.- Tú siempre has sido muy buena conmigo y me has aguantado mucho más que Anabella, que se suponía que era mi mejor amiga pero al final solo quería adueñarse de todas mis pertenencias. Sí no te parece mala idea, yo termino mi tercera carrera de aquí un mes, y mi intención era hacerme un doctorado o dos, nunca se sabe, pero si la suma que me per toca es lo bastante generosa…
- ¿Qué? – creo que iba a escuchar algo que no me haría mucha gracia -
- Podríamos escapar juntas de esta puta cárcel que dices tú siempre. A mí me hará mucha ilusión poder ver otra ciudad y realmente, ¿creo que somos buenas amigas no crees? Podríamos irnos las dos.
En mi mente no cabía al opción, la idea del escape era mía, salir de allí, encontrar nuevas metas, nueva gente, abrir mi mundo al mundo, empezar a vivir. En eso mundo Sonia no estaba.
- Bueno, sería buena idea – diciéndolo por compromiso, ya que seguramente esa herencia jamás llegaría a pasar de los cien euros.- cuando sepas lo que te dan lo podemos hablar.
- ¡Claro!, es una idea maravillosa. Voy a hacer una lista de mis posibles destinos, aunque con la de idiomas que sabemos a ver dónde vamos.
- Tu tranquila que para eso siempre le he echado yo mucho morro y no hay problema.- Le quité hierro al asunto haciéndome la integrada en su mundo de fantasía e ilusión que no duraría más allá del testamento. Tú ves haciendo la lista y lo pensamos.
- Ya la tenía medio echa, te la quería dar a ti para ayudarte con tu gran fuga de Alcatraz, pero ahora que voy yo añadiré más destinos posibles.
- Que bien. – La ironía salía disparada de mi boca como balas de fogueo para ella. No pillaba ni una, pero ya me iba bien.
Todo el mundo se iba contento a dormir, excepto yo, que sin saber qué hacer con mi vida durante las próximas horas divagaba entre un mar lleno de posibilidades, exactamente dos: buscarme otro empleo aquí y dispersar mis ataques de histeria por querer marcharme hasta tener algo más de dinero a mi disposición o empezar a buscar mi destino en otro lugar ya.
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